Rafael Loret de Mola
Estabilidad en Crisis
*Estabilidad en crisis
*La guerra energética
*Crucifijos y biblias
Ha transcurrido una década desde que el entonces presidente Ernesto Zedillo, el gran simulador, festinara que nuestra economía no estaba en la ruta de los “huracanes” del Asia. Lo dijo, además, cuando recorría las devastadas regiones del sur mexicano tras el paso anual de los meteoros arrasadores. Si en México no fuera cíclica la “producción” de damnificados, y por ende no se diera el consiguiente paternalismo estatal para rescatarlos en apariencia, el presidencialismo se habría quedado, hace tiempo, sin fuentes “sociales”. La naturaleza es bastante más sabia que la clase política.
Años después, desde el 2000, Vicente Fox hizo de la estabilidad financiera su carta de triunfo presentándose como un mandatario responsable capaz de mantener los equilibrios vadeando los barruntos de tormenta. Esto es, luego de postularse como un promotor del cambio devino en un apasionado panegirista del continuismo para evitarse dificultades con las temidas mafias dominantes. Y así los cómplices del viejo régimen se convirtieron, por obra de la “magia” soterrada, en aliados de la primera –y única- alternancia.
Ya hemos dicho que, en sentido contrario a cuanto sucedía en otros tiempos –cuando la simulación no se extendía hasta cada rincón de la actividad política-, los vaivenes políticos y las consiguientes crisis sociales no parecen alterar el ritmo y la conservación de las finanzas nacionales. Esto es como si la parálisis o la negligencia gubernamental en cuanto al imperativo de ampliar la infraestructura productiva no fueran significativas en una perspectiva sólo dominada por las buenas nuevas económicas que aseguran, claro, los intereses macro aun cuando en la base de la pirámide la asfixia aumente.
Hagamos un símil superficial con la venia de los sabios economistas. En tiempos de inflación es menester ajustar no sólo los precios sino también los salarios aun cuando no se contrarreste el deterioro; esto es, siempre los ingresos se quedan debajo de la crecida en el costo de la vida. Durante los años de supuesta estabilidad, sin aumentarse el poder adquisitivo, las revisiones contractuales son menores bajo el alegato de que hay control financiero… aun cuando sea evidente el descenso de la capacidad de compra. En cualquiera de estos escenarios, cuando la demagogia puebla cada espacio del transcurrir institucional, las condiciones sociales no varían si bien en el segundo las garantías para el capital son mayores. Y a esto se ha apostado más allá de los sacudimientos electorales recurrentes.
Otro de los factores es, desde luego, el embuste. Si Carlos Salinas jugó con la llamada “canasta básica”, separando de ella los productos en alza y limitándose a considerar aquellos bajo control aparente –el bolillo mantenía su costo aunque la telera se disparara en plena eclosión de demagogia-, Fox modificó los parámetros de la pobreza con el propósito de difundir la nueva de que el “cambio” había vencido a la miseria. Lo único que hizo es dejar de registrar a quienes devengan salarios de más de dos dólares al día en el nivel de la pobreza extrema. Un ajuste muy conveniente para sus cruzadas verbales. Sólo eso.
Ahora que la recesión estadounidense, perfectamente orquestada para extender el proteccionismo oficial hacia los consorcios norteamericanos, está proyectando una severa crisis global, que los expertos calculan habrá de extenderse por dos años y medio, cuando menos, nuestro superior gobierno no parece alterarse con las malas nuevas y mantiene el discurso del blindaje, acuñado por Zedillo cuando ya se negociaba la alternancia política, sin tomar medias emergentes para paliar los efectos ineludibles. Esto es: más bien se espera aprovechar la producción de damnificados financieros para ampliar la simulación de una justicia social destinada a atemperar ligeramente el dolor sin resolver los males de fondo. Analgésicos nada más, no antibióticos.
Al mismo tiempo, las aguerridas huestes partidistas sostienen un duelo frontal sobre el tema energético, con tomas de tribunas camarales y resistencias callejeras –los viejos métodos de presión que se mantienen sin alteraciones por ausencia de debates y consensos-, sin ofrecer opciones serias para desenredar la madeja de intereses que conlleva la reforma propuesta por Felipe Calderón y sus consejeros, todos ellos con evidentes nexos con el sector al que se privilegia comenzando, claro, por el imberbe Juan Camilo Mouriño, el insustituible secretario de Gobernación quien resiste porque es más fuerte el afecto presidencial que el clamor general. Democracia le llaman a esto.
DEBATE
En la perspectiva internacional no se entiende el enfrentamiento político a causa de la reforma energética en cierne. Sobre todo porque se estima que la disidencia sólo obedece al afán de obstaculizar las acciones de gobierno por la exaltación de la intolerancia. Desde luego no captan el peso social de la expropiación petrolera de 1938 y el hecho incontrovertible de que gracias a ella ha sido posible mantener ciertos equilibrios en una comunidad con grandes distancias de clase. Si me apuran, el oro negro ha hecho de antídoto a la pólvora, asegurando la paz social aun con las tremendas fugas de la corrupción y la ineficacia.
Pero esto lo sabemos los mexicanos. Y no todos porque abundan quienes insisten en que es necesario modernizarse como si el conflicto de fondo, el social, ya estuviera resuelto o, cuando menos, en vías de superarse. No es así, por supuesto y a ello se debe el éxito de la resistencia civil convocada por una izquierda explicablemente dolida por el desaseo comicial de 2006 aun cuando su abanderado ofrezca signos de inestabilidad emocional.
Fuera de nuestras fronteras preguntan por qué resurgió el movimiento de resistencia cuando parecía que había sido vencido por el tiempo y los hechos consumados, incluyendo la asunción presidencial a trompicones. Les respondo que tal fue sólo un espejismo porque en México la paciencia proverbial y la capacidad de asimilación de las mayorías es muy alta, acaso derivada de los cientos de años de opresión bajo los conquistadores. Pero también es necesario ponderar la ausencia de definiciones políticas de acercamientos en pro del diálogo como detonantes de la nueva guerra “energética”.
En marzo de 2001, cuando el subcomandante “Marcos” y sus embozados neozapatistas entraron a la ciudad de México, investidos como héroes de la lucha social e iconos revolucionarios con proyecciones mundiales, pregunté al ex presidente José López Portillo cómo habría enfrentado él, de estar en el más alto cargo ejecutivo del país, el conflicto. Y me respondió:
–Habría apagado el cerillo antes de que se convirtiera en hoguera.
Sin entrar a diseccionar lo que podría ser considerada una amenaza represora, lo cierto es que la ausencia de acciones, la negligencia oficial para decirlo claramente, provee de elementos incendiarios que, por supuesto, arden sobre las cenizas del conformismo ante lo inevitable y cercano.
Esta condición se une al exceso de optimismo gubernamental sobre la supuesta fortaleza de nuestra economía aunque sea evidente que nuestro pobre peso sufre dos devaluaciones: primero ante el dólar y después ante el euro. Y además debe tomarse en cuenta la carestía que se nos presenta como un resucitado flagelo proveniente del exterior cuando, hacia dentro, sólo se mantuvieron los espejismos y las simulaciones. La demagogia, en fin.
EL RETO
En 2003 la apuesta del foxismo se tradujo en la ilusión de quitarle “el freno al cambio”, esto es intentando retornar a la comodidad de la mayoría legislativa afín al presidente. La administración del “cambio” fue sencillamente incapaz de encontrar las sendas adecuadas para el consenso por la ruta de los debates y acabó, derrotada en las urnas –lo fue al no poder lograr el propósito del mayoriteo, cortado a la vieja usanza-, escupiendo sobre la incipiente democracia.
En 2009, ¿cuál será la estrategia de Felipe Calderón?¿Acaso insistir en marginar a sus adversarios, los perredistas, presentándolos como los irresponsables que galopan sobre los lomos de la intransigencia y el mesianismo? No sería de extrañar de tenerse en cuenta los antecedentes con los planteos de los “peligros” dantescos y demás. Si tal es la única opción, cancelados de nuevo los cauces de la negociación civilizada, volveríamos al deplorable escenario del foxismo que acabó perdiendo el tiempo, evadiéndose de responsabilidades porque, según alegó Vicente, no le dejaban trabajar.
Tal es la trascendencia de la guerra del petróleo que, por momentos, nos recuerda a las madres –por fortuna no fue mi caso-, que sirven “energéticos” batidos matutinos, yemas de huevo incluidas, para ahorrarse el gas. Los niños, claro, eructan media mañana al igual que los mexicanos ante la congestión política de los falsos redentores.
LA ANÉCDOTA
En México, la derecha no ha modificado las formas aun cuando los despachos gubernamentales se nutran de nichos religiosos en vez de los iconos republicanos. El presidente protesta su cargo siguiendo las normas de la ortodoxia constitucional. Y en España, los socialistas en el poder tampoco han sido siquiera capaces de exaltar el laicismo, bandera de los liberales de todas las épocas.
Con motivo de la nueva investidura de José Luis Rodríguez Zapatero en la “madre patria”, éste debió jurar ante el Rey, colocándose en frente de una mesilla sobre la que destacaban un antiguo ejemplar de la Biblia, del reinado de Carlos IV –esto es anterior a la Independencia de México-, y un crucifijo de oro macizo, metal surtido desde las posesiones americanas. Al político reelecto le preguntaron cómo conciliar los símbolos católicos con el gobierno laico por él encabezado. Y respondió:
–Bueno, eso es cosa de la representación del Estado –el crucifijo y la Biblia se entiende-. Y yo no cuestiono las formas que devienen de ese nivel.
Desde Poncio Pilatos las lecciones se extienden. Basta, en apariencia, con lavarse las manos y dejar las cosas como están. Derechas e izquierdas. ¿Alguna diferencia?