Besos y Sermones
Publicado por juvenilrevolucionario en Enero 22, 2009
Despacho Político
ARMANDO MARTÍNEZ DE LA ROSA
DE pronto algunos políticos nos vienen con sermones morales. ¡Muy ellos! Asumen el papel de los curas de antes, cuando los feligreses les hacían caso y tomaban en serio las reprimendas colectivas lanzadas desde el púlpito a los atribulados pecadores arrepentidos.
Cuando Carlos Salinas arribó a la presidencia con la ilegitimidad de un gigantesco fraude electoral, buscó el aval moral de la alta burocracia eclesiástica mexicana a cambio de concederle la libertad de una mayor injerencia en los asuntos terrenales de la política. Con ese permiso, los políticos se sintieron también en libertad de expresar en público sus convicciones religiosas antes reservadas al ámbito de lo privado.
Pronto, aquellos aguerridos anticlericales, encontraron que manifestar su fe católica les podría servir para ganar simpatías de los votantes. Después, pasaron sin recato alguno a hablar de Dios y sus bendiciones en medio de sus discursos. Como los curas, también ellos se creyeron voceros de Dios.
Ahora resulta que grandes corruptos de la política nos vienen con sermones de alta espiritualidad, se asumen mensajeros de Dios en la Tierra y casi visten de sotana y alzacuellos. Nos predican valores morales, a pesar de su interés manifiesto por los terrenales bienes de la bolsa de valores y por su muy conocida proclividad a recibir los diez-por-cientos de los contratos y al beneficio ilegal de los negocios del poder o de sus nexos, sabidos y consabidos, con la delincuencia organizada, para ellos intocable y favorecedora.
A veces hacen el ridículo, como el alcalde de Guanajuato, Eduardo Romero Hicks, hermano por cierto del exgobernador que antes de serlo ocupó la rectoría de la Universidad de Guanajuato, un hombre sensato, a decir verdad. Pero este Romero Hicks, el alcalde, prohibió los besos en público en un bando de buenas costumbres que nunca llegó a publicarse porque el escándalo nacional se le vino encima.
¿Por qué algunos políticos se sienten con derecho a inmiscuirse en la vida privada de las personas a quienes gobiernan? Quizás suponen que ellos, dueños de una alta moral, pueden redimir pecadores. Tal vez sus limpias, prístinas, transparentes almas, están obligadas a salvar a la Sodoma y Gomorra que los inmorales ciudadanos hemos construido sin temor a desatar la ira de los dioses. ¡Santigüémonos!
Les parece insuficiente regir y gobernar las decisiones de mujeres, por ejemplo, que quieren interrumpir un embarazo. Se les antoja poco negar el status de familia a la madre soltera y su hijo. Pretenden, además, que una de las más efusivas expresiones de afecto, cariño y amor, el beso, se reserve para manifestarse “en lo oscurito”.
Asustado por la burrada de Romero Hicks, el presidente del PAN, Germán Martínez, compañero de partido del alcalde obsceno, apenas enterado, llamó al noticiero de López Dóriga para solicitar al presidente municipal de Guanajuato echar abajo el bando. ¡Y cómo no, si hace unos meses Martínez había convocado a “guanajuatizar” el país! Dios nos libre.
En política, el beso es importante. A veces, ridículo, como el que se dieron en Roma Vicente y Marta, a despecho de su condición de adúlteros, habida cuenta de su catolicismo reiterado en público. También hay besos de Judas, pues la traición es una de las más recurrentes prácticas en los círculos de poder.
Cuando estaba más que caliente, en los tiempos del partido casi único, la sucesión de López Portillo, un precandidato presidencial fue descubierto visitando la casa de Luis Echeverría. Sus enemigos lo clasificaron pronto: fue a recibir el beso del diablo, dijeron, para condenarlo por toda la eternidad. Por supuesto, nunca llegó a reinar en Los Pinos.
Moda reciente convertida ya en uso, el beso en la mejilla para saludar a una mujer, de pronto se convirtió de costumbre elitista en práctica popular. Esa clase de beso se reservaba, antes, para darlo a las mujeres mayores de la familia: la madre, la abuela, la tía bondadosa. Me pregunto cómo controlarán su repugnancia los políticos que han de saludar de beso en la mejilla a una poderosa como Elba Esther Gordillo. ¡Las bajuras que tienen que hacer por mantenerse en las alturas!
Si el beso erótico es un deleite, también se constituye, cuando se da en público, en una provocación al status moral de los persignados del poder, como Romero Hicks. Pura hipocresía, es cierto, de este autoproclamado ángel de la guarda de las buenas costumbres. Pero no menos hipócrita resulta el discurso de “alta espiritualidad” de políticos que la fingen desde la amoralidad, es decir, la ausencia de toda moral. Sepulcros blanqueados.
Ya basta de sermones desde el poder. Se ha de gobernar para el beneficio colectivo, no para regir las vidas privadas ni para la prédica de supuestos, cuanto ausentes, valores espirituales.
Y venidos a ver: muchos de esos predicadores, tienen por asesores espirituales a brujos, más de un médium, tres o cuatro chamanes y media docena de curas que los aconsejan y les amortiguan los pecados, porque ni en la cumbre del poder han encontrado con qué llenar el vacío de sus vidas.