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El PAN ¿purga de “imbéciles”?

Publicado por juvenilrevolucionario en Enero 23, 2009

regidor-critica-proyectosJosé Vicente Saiz Tejero escribió: A partir del muy discutido triunfo de Felipe Calderón en los comicios presidenciales del 2006 -coincidente con el refrendo de las gubernaturas de Morelos, Guanajuato y Jalisco-, las conquistas electorales del panismo comenzaron a escasear. Con excepción de la victoria en Baja California en el 2007 –atribuible más al negro historial del candidato priísta que a los méritos del abanderado blanquiazul-, y al éxito obtenido en la renovación de municipios y congreso de Tlaxcala, las siguientes compulsas del PAN en las urnas estuvieron signadas por el fracaso. Ese mismo año del 2007 cedió el gobierno de Yucatán -ganado al PRI seis años antes-, y en Michoacán volvió a resultar derrotado por el PRD. Por último, si nos atenemos a los números de las recientes elecciones locales del 2008 –Guerrero, Coahuila e Hidalgo-, tendrá que admitirse la notoria tendencia declinante de sus votaciones. Calderón soportó como pudo a Manuel Espino en la dirigencia panista, hasta el otoño del 2007, en que consiguió deponerlo. Germán Martínez, reconocido miembro del primer círculo del Presidente, sustituyó al incómodo sonorense.

Desde Los Pinos se enviaba así un contundente mensaje: no se toleraría ninguna resistencia interna a las políticas del mandatario. El flamante líder recompuso el Comité Ejecutivo Nacional, disminuyó a su mínima expresión la presencia de foxistas y yunquistas en el Consejo Nacional y procedió a eliminar a quienes, como Creel, habían sido antagonistas de Felipe. Eufórico, el impetuoso Germán articuló entonces un discurso agresivo hacia dentro y hacia fuera del partido, y se declaró listo para dar al Presidente en el 2009 la mayoría parlamentaria necesaria para sacar adelante sus programas. Empero, la realidad política caminó en dirección distinta a la de su irracional propósito de “guanajuatizar” a México. Después de dos años de trabajar con un gabinete en cuya integración primó el amiguismo sobre la eficacia y la lealtad sobre la experiencia, tengo para mí que Calderón había ya decidido matizar esa inclinación y estaba a la búsqueda de elementos que aportaran a su gobierno lo que el grupo de novatos que le rodeaba no podía proporcionar: conocimiento y aplomo político. Felipe se sumergió entonces en el archivo muerto de Acción Nacional y de ahí extrajo a un activo con abolengo. Reaparecía así Fernando Gómez Mont, alejado por voluntad propia de la política hacía ya diez años. En esa hipótesis –la de la corrección del rumbo- es posible que la designación del conocido abogado al frente de Gobernación la tuviera ya resuelta in pectore el Presidente, aún antes de la muerte de Mouriño. El trágico suceso no habría hecho sino precipitar su concretización. Y si como lo parece se trata de la admisión de un error, quizá presenciemos pronto un viraje que corregirá forma y fondo de la gestión calderonista. La recuperación de figuras identificadas con los orígenes doctrinarios del PAN y su probable incorporación al gobierno –la de Gómez Mont sería la primera- supondría, no sólo una reconsideración de los objetivos políticos del gobierno, sino también un necesarísimo refresco a esa escuálida caballada que, de no fortalecerse, está irremediablemente destinada a perder la carrera del 2012. Cabe decir aquí que, por esa sola razón, no se sostiene la especie de que el nuevo huésped del Palacio de Cobián no aspira a disputar el hándicap presidencial con los colores de la cuadra blanquiazul. ¿Por qué tendría que hacer semejante renuncia Gómez Mont? ¿A cuento de qué? Él no buscó a nadie; lo buscaron a él. Está pues en una posición en la que puede fijar condiciones. La idea de que no es presidenciable es absurda, máxime si se considera que, en todo el equipo calderonista, no hay nadie que se le pueda equiparar en personalidad y peso político. La ruda filípica que Felipe endilgó a los “imbéciles” que con sus mezquindades y envidias “hacen perder elecciones a Acción Nacional” –palabras del Presidente-, sólo puede interpretarse como una exigencia de rendición incondicional a aquellos panistas que se resisten a aceptar los designios emanados de Los Pinos. Si los aludidos no se pliegan al requerimiento de Calderón, si no acatan disciplinadamente su petición y aceptan someterse a su liderazgo, si eso no ocurriera, repito, entonces el panismo estaría marchando en línea recta hacia una grave escisión. Consciente de ello, y adelantándose a la reacción de la ultraderecha, Calderón se presentó en la sede de la Conferencia del Episcopado Mexicano para responder, durante cerca de dos horas, a los cuestionamientos de 120 obispos y 120 laicos ahí reunidos con motivo de su Asamblea General. Le pidieron, entre otras cosas, que trabajara por una “plena libertad religiosa”. Y tendrá que atenderlos, si no quiere excitar en los inconformes la tentación de dar vida a un partido fundamentalista.

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